Extraño a la gente que ríe...

sábado, 16 de septiembre de 2017


Todos los días me tomo el mismo bus que sale a las 6.40 de la mañana, cada día durante una semana, tomo el mismo ómnibus que pasa a esa exacta hora para llevarme a tiempo a la facultad.
Media dormida, sabiendo que me espera un viaje de una hora y media parada, con los auriculares en los oídos y escuchando una de las canciones de los Twenty, me aventuro cada mañana para ir a clase.

Y mientras estoy en ese bus, donde irían unas 30 o 40 personas, es que me doy cuenta de algo.
Nadie habla.
Nadie ríe.
Algunos duermen, otros ven sus celulares, revisan su Facebook, comentan en instagram sobre su última foto que subieron hace unos 30 minutos luego de media hora de preparación, para parecer que se despiertan recién salidos de una publicidad. Porque todos sabemos que no son reales, Instagram es el lugar perfecto para mostrar lo que deseamos ser, los perfectos seres de papel.

Cada mañana tomo el mismo bus, el cual hace siempre el mismo recorrido, 10 minutos para llegar a la terminal Colón, 19 minutos hasta El Paso Molino y luego otros 19 más para llegar al Palacio Legislativo. Todo está cronometrado, todo es perfecto, no llego con retraso, camino sin mirar al resto y paso el resto del día en esa bruma de individualidad que aqueja a todo ciudadano del mundo.

Pero... desde hace unas semanas, algo cambió. He comenzado a ver a una señora en particular que ríe, lo sé, suena raro ¿una señora riéndose en el bus? ¡De seguro está demente! Pero no lo está, nunca supe qué es lo que veía, si era un mensaje o un vídeo de gatitos, solo escuchaba su risa, o veía su expresión en su rostro.
Porque se reía. Y no hablo de una sonrisita, esa que damos porque tenemos miedos a reírnos a carcajadas en público y quedar mal.


Hablo de una verdadera risa.

Estoy segura de que esa señora nunca se dará cuenta de que cada vez que la escuchaba reír, sonreía, sonreía porque me calentaba el alma saber que era feliz. Inclusive por ese breve lapso de tiempo en el que nos encontrábamos en un mismo lugar, ella reía, y era feliz. Y eso me hacía feliz. Es algo extraño, siempre he encontrado casi fascinante cuando una persona sonrie sin querer, ya saben, esa sonrisa que se te escapa tras recibir un bonito mensaje, o una sonrisa en la calle, o simplemente al mirar el cielo. Yo soy de sonreírle mucho al cielo, de seguro que si ven a una chica en pleno 18 de Julio sonriéndole al cielo, soy yo. 

Creo que hemos perdido ese hábito.

De romper a carcajadas, sin miedo a que nos digan que guardemos silencio o se burlen de nuestra risa. Sin temor a ser vistos como raros o fuera de lugar.

Nos falta reír más.

Cada vez que camino por Montevideo, me siento como si estuviera rodeada por robots, caminando hacia sus destinos sin importarles el resto, sin desviarse de su camino, sin importarle a quien se lleven por delante. No hacen contacto visual, no sonríen, nada.

Una reguera de color gris, una copia de una copia, que sigue la última moda creyéndose único, pero que en realidad, es igual al resto. Mismo corte de pelo, misma campera, mismos zapatos, misma mochila que está a la onda.

¿En qué momento nos perdimos? ¿En qué momentos decidimos perder la capacidad de reír? ¿Cuándo decidimos dejar de ser "nosotros" para ser "ellos"? Y si vemos a alguien diferente, lo miramos de forma extraña, como si fuera alguien que no encajara, y no lo hace, nunca lo haría, porque no lo permitimos. Matamos la originalidad.

Porque los presionamos, los presionamos y los presionamos hasta que las carcajadas mueren al quedarse sin voz, y nos convertimos en parte de un rebaño. Si, eso es lo que somos. Seres iguales que poco le importa el otro desconocido, ya no hay encuentros que nos mueven el piso, ya no hay preguntadas de dirección por la calle, ahora está el celular para eso ¿no?

Ya no hay gente en el bus que hable con el otro, solo para decirle que va a bajarse en la siguiente parada. Los bus son tan silenciosos, todos miran hacia las pantallas del celular que iluminan sus rostros pero apagan sus miradas.

El otro día decidí guardar mi celular  y miré a mi alrededor, como si nunca antes lo hubiera hecho, eran las 10 de la noche, volvía de trabajar, y me encontré con que todos a mi alrededor, tenían sus miradas clavadas en sus pantallas, inclusive el conductor, mientras esperaba que los pasajeros llegaran.

Ese fue el momento en el que me di cuenta de esto, extraño a la gente que ríe.

Extraño que no hayan más personas como esa señora de ese bus de las 6.40 de la mañana.
Extraño hablar con gente desconocida y darme cuenta de que tenemos tantas cosas en común, que meses después, podrían acabar siendo uno de mis amigos más íntimos. Ahora ya no hay de esas cosas, somos esclavos de una pantalla, siempre con sus vistas en el último cotilleo, al día de la vida de plástico del otro, enmarcadas en sus perfectas fotos de instagram.

Extraño a la gente que ríe.
Y es cuando me pregunto: ¿En qué momento perdimos eso?

2 comentarios:

  1. ¡Hola!
    Lo leí y lo sentí muy real. Yo también lo veo día a día en mi ciudad y es muy triste. Hace un tiempo ya que dejaron de importar las cosas realmente importantes, y le dieron lugar a nuevas preocupaciones por boludeces. Una pena.
    Un beso grande.

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  2. Como no tengo celular y también vivo en Montevideo, vaya que lo he notado. Y al igual que esa señora, sonrío y me río sola de cualquier cosa que veo por la ventana :-) A ver si algún día nos encontramos y hablamos un poco. Y podría señalarte a las aves de rapiña que sobrevuelan todo Montevideo (como no tengo celular, también observo el paisaje mientras camino).

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